Ella era tímida, pero increíble. Me encantaba cómo se le electrizaba el pelo y la carita de rabia que ponía cuando se daba cuenta de ello. Me gustaba mirarme en sus ojos e incluso deformarme en su perfecta redondez. Cojerla de la mano con cualquier excusa, sin que ella se diera cuenta de lo rápido que me latía el corazón. Creo que la quería, pero nunca se lo dije. Almenos no en palabras, aunque sé que lo leía en mi mirada, en mi sonrisa. Ella nunca quiso hablarlo y yo evité siempre el tema. Era feliz con verla jugar con las pompas de jabón que yo hacía para ella. Tostarnos juntos en verano hasta ser perfectas langostas. Y encontrar el sentido a esas lágrimas tan preciadas que nadie más podía ver. Su ella más íntimo era mío, aunque ella no fuera mía, y eso me bastaba.

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