Otro día salió. Más tranquila tal vez y, mientras se dirigía a la barandilla, a volar libre por unos momentos, creí que me miraba y me sonreía. Me pareció algo tan surrealista que me caí de la repisa de la ventana. Cuando volví a subir, ella no me miraba. El sol empezó a ponerse, acariciando su pelo pelirojo. Se abrazó a si misma y yo le lanzé todo mi amor con un tirachinas, quería volver a verla sonreír. A mi sorpresa, me dio la espalda y entró en la casa. Al cabo de unas dos horas, un pájarito con el pecho del mismo rojo que su pelo, me dijo que había conseguido dormirse por fin, y que seguro que mi amor le velava los sueños.
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