Durante tantos milenios como llevan existiendo, los humanos no han comprendido en realidad qué es el amor. ¿Cuánto hay de físico y cuánto de mental en todo eso?¿Cuándo es accidente y cuándo destino?¿Por qué se destruyen parejas que son perfectas y funcionan otras que parecen imposibles? No conozco las respuestas mejor que ellos. El amor está simplemente donde está.
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Que si lo necesitas, te lanzo todo mi amor.
Otro día salió. Más tranquila tal vez y, mientras se dirigía a la barandilla, a volar libre por unos momentos, creí que me miraba y me sonreía. Me pareció algo tan surrealista que me caí de la repisa de la ventana. Cuando volví a subir, ella no me miraba. El sol empezó a ponerse, acariciando su pelo pelirojo. Se abrazó a si misma y yo le lanzé todo mi amor con un tirachinas, quería volver a verla sonreír. A mi sorpresa, me dio la espalda y entró en la casa. Al cabo de unas dos horas, un pájarito con el pecho del mismo rojo que su pelo, me dijo que había conseguido dormirse por fin, y que seguro que mi amor le velava los sueños.
Grita, saca los demonios de ti.
Estube una semana mirando por la ventana y no apareció mi angel. Hasta que un dia la vi salir, tenía un ojo morado y estava muy delgada. Aún y así, tan fragil como parecía, estaba preciosa, con su lazo rojo y su vestido blanco. Entonces, hizo algo que no me esperaba. Subió a la barandilla, como siempre, tendió los brazos... Y gritó. Gritó como nunca había oído gritar a nadie antes. Gritó hasta que se desgarró los pulmones y se le paró el corazón. Gritó hasta echar de dentro de sí todo el tormento que le corcomía los huesos y le oprimía el estòmago.
Vuela, pequeño ángel de mirada triste.
| Respira... |
Siempre era lo mismo. Se oían gritos y golpes en la casa, seguidos de algún llanto. De repente la chica salía al balcón. Respiraba profundamente y se subía a la barandilla. Cerraba los ojos y tendía los brazos y se estaba así largo rato, decidiendo si saltar. A veces la observaba durante horas desde mi ventana. Deseaba saber qué era lo que pensaba. Por que seguía allí, de pie, desde hacía años. A veces se movía ligeramente, como un pájaro alzando el vuelo y se me encogía el corazón al pensar que tal vez sí fuera a saltar. De todos modos no decía nada. Me quedaba allí, admirando su increíble belleza, su silueta dibujada en el cielo azul. A veces pensé que de verdad podía volar, llegué a creer que era un ángel que había ido a esa casa de locos a traer un poco de paz y que, poco a poco, era más loco que ángel. Nunca la vi llorar. Supongo que lloraba de la forma que más duele, por dentro. En cambio, su rostro parecía tan apacible, tan tranquilo... que a veces pensaba que dormía subida a esa barandilla. No salía mucho de su casa y siempre que lo hacía yo la seguía. Me gustaba verla al lado del río, persiguiendo un par de mariposas que acababan queriéndola tanto cómo yo la quería. Me gustaba ver cómo se le hacía la boca agua al pasar por el lado de la pastelería del barrio, aunque nunca entrara. Y cómo se dedicaba a coleccionar papeles de caramelo. A veces se le leía la tristeza en la mirada y yo, que la observaba desde lejos, ardía en deseos de abrazarla. Ella era la magia más tristemente atrapada que llegué a conocer jamás.
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